Franz Liszt (1811-1886) es, junto a Chopin, uno de los monstruos sagrados del pianismo del siglo XIX europeo. Autor de una ingente cantidad de partituras para el instrumento estrella de la música occidental, Lizst fue además una estrella suprema del virtuosismo pianístico en los principales salones de las grandes ciudades europeas. En este sentido el fenómeno Liszt solo fue comparable con el de Paganini y su violín. El pianismo del maestro húngaro es de fuerza arrolladora, de un virtuosismo que está inyectado en el ADN de cada nota, pero que, además, exhibe acentos propios muy originales, avanzados diría yo, anunciando incluso elementos propios de las vanguardias por amanecer. La música para piano de Liszt tiene muchos colores, es brillante y enérgica. Los malos pianista tienden con ella a lo artificioso y exhibicionista, aunque es música paradójicamente natural y con misteriosos sentidos ocultos. Estos elementos están presentes en la Rapsodia española, una obra de madurez sobre la que hay dudas en cuanto a la fecha concreta de composición.

La Rapsodia española de Liszt muy bien puede inscribirse en lo que algunos críticos han llamado “Obras sobre temas nacionales” y otros “pintoresquismo musical”, es decir, esa corriente de la música culta inscrita en el romanticismo nacionalista que utiliza aires y melodías propias de la tradición popular española, y especialmente andaluza. A lo largo de su dilatada carrera Liszt escribió para el piano piezas de diversa inspiración nacional: inglesa, francesa, checa, húngara, alemana, italiana, polaca, rusa y española. Concretamente de supuesta “raíz folclórica hispana” su catálogo ofrece hasta cuatro composiciones: Rondeau fantastique sur un thème espagnol, El Contrabandista de Manuel García (1836), La Romanesca [primera/segunda versión] (h. 1832, h. 1852), Grosse Konzertfantasie über Spanische Weisen (1853) y la Rhapsodie espagnole (1863?), partitura esta última de la que hay una versión orquestada por Feruccio Busoni.

La Rapsodie espagnole (S. 254) fue ultimada en 1863 y publicada en 1867. Es la única pieza «española» de Liszt que ha entrado en el repertorio y suele escucharse en conciertos, aunque con cierto desdén por su excesiva pirotecnia.